Por Nibaldo Acero.
Es bastante difícil ser padre. Cuando declaro que es difícil, créanme que no me quejo, pero siento que haber sido padre en el siglo décimo antes de Cristo, haber sido padre en el Renacimiento, en la colonia, en cualquier fecha, ha debido ser siempre complejo. Y cuando me refiero a ser padre, no hablo de la posibilidad semántica que nos da el término, sino que delimito el vocablo al género, a ser papá hombre. Sin duda se nos hace más liviano, pero duro sigue siendo. Claro, no nos embarazamos, no parimos, no amamantamos, no sufrimos depresión post parto, nuestra participación, en general, es bien básica, pero no menos onerosa, no menos incidente, me conformo con conservar esta pequeña esperanza.
Ha sido difícil desde siempre supongo, pero este escenario –el de ser padres y hombres- se electrifica cuando uno, humilde, pero cuático, le ha hecho al grunge en el pasado reciente, al hard core, cuando uno, en su ingenuidad de la fugacidad del tiempo, ha sido punketa, ha sido power metal, cuando se ha agarrado a patadas en un recital de Ataque 77, de Babasónicos, cuando delira con ACDC en concierto. Y si a esto se le suma un anarquismo voluntarioso, un espíritu okupa desarrollado, la cosa se pone aun más compleja.
Ser padre se alivianaría si uno en su juventud hubiese sido seminarista, o un buen alumno en el liceo, pero dale con ser un sedicioso pendejo, con ser un errante de cantina, con ser un "poeta de la vida". En esa rutina libertaria y miserable, uno aprende a ser antinorteamericano, antiderechas, antiempresariado, y éstos son aprendizajes difíciles de olvidar, y por supuesto, de no enseñar. Las oportunidades son para los poperos, para los Madonna, para ellos la vida se pone en cuatro, para nosotros, para los cuáticos, todo pareciera ser sólo una mierda.
Ser okupa, ser un punketa, sobre todo en tiempos de democracia, nos ha transformado en los leprosos del nuevo milenio, en hieráticos malagradecidos de las bienaventuranzas eyaculadas por los Edwards, por los Matte y los Claro. Hemos sido los primeros sospechosos de cada acto brutal en la sociedad, una especie de comodín de inmoralidad para los “nuevos tiempos” de esta patria. Deambular por las calles de Sebastián Piñera, con una polera orgullosa de la A anarquista, es como portar una estrella de David en tiempos de la Inquisición. Porque a ojos de esta sodomizada república, somos la escoria social.
Uno inevitablemente ha aprendido a ser rockero, aunque no toque ni los órganos de su cuerpo. Uno ha aprendido a mantener esas mamaderas de rebeldía, tibiecitas, en el neceser. Uno ya, para lo que queda, es un insurrecto, ha aprendido no sólo a atacar, sino a defender valores intrínsicos a las negras molleras, como la crítica despiadada y la honestidad a ultranza, la sangre fría.
Nos ha tocado vivir la paternidad en un período de libertades circuncisas, de reggaeton y estudios de género. He ahí la complejidad de ser padre, hombre y rockero.
¿Qué hacer cuando tu hija juega con un Barney, baila al son de Hannah Montana y pide ir a almorzar una cajita feliz al Mac Donalds? ¿Cómo explicarle, cómo decirle, fraternalmente, que representan lo más sórdido de un imperio deshumanizado y sanguinolento? ¿Dónde guardarse las puteadas cuando presencia tongos implacables que culpan a compañeros okupas de sembrar el terror? ¿Cómo filtrar un "conchetumadre" visceral, lanzado vía satélite a Piñera, cuando saca ganancias políticas de cada desgracia chilena? ¿Cómo lanzar un aullido enormemente desgarrador y honesto cuando las hijas inician su largo sueño?
No puedo negar que mis hijas me han domesticado, que han hecho de mi un hombre más fuerte y más responsable, pero no puedo negar que cada mañana me levanto con esas ganas de embestir, con esas truculentas y dulces ansias de joder, de joder al Estado, a algún idiota de derecha, a algún democratacristiano, de graficar en las paredes cerebrales y en las estucadas, frases que conmuevan, palabras, para el poder, hirientes para las despiadadas corporaciones. No puedo negar que he sido un padre bondadoso, que aún contiene a un toro furioso, que jornada a jornada intenta dar sus cornadas.
¿Qué hacer cuando sólo deseas pegarte un reventón de vino tinto y Black Sabbath y tus retoños quieren salir al parque a jugar a la pinta? ¿Qué hacer cuando a un paso de arriesgar el pellejo en una manifestación pro mapuche tus hijas te piden que le ayudes con la tarea? Debo reconocer que esto de ser padre ha sido inconmensurable, pero complejo lo sigue siendo. Si hasta he saltado la cuerda por ellas, el elástico, invento cuentos cada día, donde Pucca, Ben 10, Mario Bros y las Chicas Superpoderosas crean mundos extraños y completamente posibles para sus pequeñas cabecitas.
Sea como sea, el ser papá debió ser siempre difícil, manifiesto que a veces se me ha hecho casi imposible, sin embargo, aquí estamos, vivitos y rockeando, consintiendo a diario a esos seres idolatrados, poniendo toallitas húmedas a las furiosas convicciones, espolvoreando talco al poto cocido de nuestra debacle rebelde, jugando a las escondidas con nuestras pasiones, tomando la temperatura de la madurez viviente, arrullando con ternura a esa bestia indómita que transa un poco cada día dentro nuestro, y así poder ser un poquito mejor padre.
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martes, 2 de noviembre de 2010
En el oscuro purgatorio de ser padre hoy
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OyeNatalia
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domingo, 26 de septiembre de 2010
Sobre Romanticismo y comuneros en huelga de hambre
Por Nibaldo Acero.
Fotografía: Natalia Bustamante.
Aunque sea difícil creerlo, hubo un tiempo en el que existió algo llamado Romanticismo. No es mito, fue tiempo real, pero escaso. Un movimiento, una perspectiva, apenas una costilla rota de un descomunal mamut consignado como modernismo. El Romanticismo nació, copuló y se suicidó en el siglo XIX. Fue de vida breve, fue una bestia con las horas contadas, que deambuló entre sepulturas cerebrales, pisoteando cráneos, apeteciendo castillos en ruinas y lúgubres paisajes.
Hubo un tiempo en que los seres humanos fueron capaces de aceptar la muerte, como si se tratase de un amigo que nos visita cada veinte años. Hubo un tiempo real donde pudo el ser humano chorrear su espíritu sin mayor filtro ni dique; donde plegó sus entrañas al fresco viento de la locura y fue arrastrado a impensados puertos de libertad y creación carmínica, incontrolable, vampiresca.
El ser humano desgastó sus órganos, como si los sangrara, en el amor, en el sexo, en la letra, en cada reivindicación; cayó en cuenta de la materialidad y fugacidad de “todo esto” como diría Nicanor Parra.
El romántico reconoció el afán de fracaso que había en el simple hecho de respirar bajo un sistema que estira sus tentáculos hasta los rincones menos explorados de la realidad.
El romántico, reconoce que ha perdido sólo por el hecho de nacer.
Esta filosofía antipietista, lo transforma sin dudas en un animal melancólico. Sin embargo, también lo transforma en una fiera que ha perdido desde el umbral de la vida a sus cachorros y por ello el perder se transforma en un engranaje más de la existencia.
Si ya se ha perdido, siente el romántico, la muerte no es más que parte de ese paisaje lúgubre, ansiado. Se ha perdido, por eso mismo no se puede perder más, no se puede perder de forma peor, no hay nada que perder. Naciendo no se puede perder de manera más horrible.
Es menester entonces, arriesgar la cabeza, el pecho, las gónadas y el alma misma por sueños más elevados, por quimeras que funcionan como tábanos al sistema, se debe ir en busca de utopías, de independencias imposibles: la sangre debe ser vertida por mi propia mano o por la de otro que representa al Estado, al estereotipo, a la razón. Se debe luchar, porque ya se perdió.
Es el tiempo del Romanticismo fecundo para la configuración de seres apátridas, de voluntarios rufianes que revientan cada uno de los eslabones del cordón umbilical que los une al poder: el bandido, el pirata, el cura desertor, son sólo algunos miembros de la comunidad romántica, de aquellos seres que no tienen cabida (aunque tampoco lo intentan) en la realidad cerebroespinal de la cada sociedad. Goethe, Byron, Espronceda, Keats, Shelley, se batieron a fierro pelado en una Europa agotada, en un continente de eunucos materialistas.
En Latinoamérica los románticos le dieron duro a las independencias, más que a la letra. Por esas costras libertarias fueron, emancipando estrógenos, andrógenos y armas hechizas; América latina se hizo libre gracias al romántico.
Esto parece olvidado, ya que instaladas las naciones -ahora independientes-, se tornaba, casi de inmediato, a un equilibrio que no podía dar el Romanticismo. La razón ganaba por hocico al corazón.
No es de extrañar entonces, que el Romanticismo no tenga cabida en la realidad. Por el contrario, es necesaria una elipsis quijotesca en pos de la organización. Un Estado, un gobierno, un partido político, no pueden sobrevivir con románticos, pero sí lo puede hacer un club de barrio. Sí pueden sobrevivir en comunidades que no tengan mayor importancia para el poder, en agrupaciones de seres humanos compasivos y valientes, capaces de arriesgar más de lo prudente, capaces de posar sus cuellos en las guillotinas sistémicas, capaces de reventar los eslabones que lo atan a lo políticamente correcto, capaces de perder la cabeza.
Sí pueden sobrevivir en los comuneros mapuche románticos, aunque terroristas para el Estado Chileno.
Entonces, de la única forma “racional” que se puede entender una huelga que lleva casi dos meses, que ha desgastado 34 pechos, 34 hígados, 34 gargantas; de la única forma que se puede entender bien, es recordar que ellos ya han perdido demasiado. Decir tierras y recursos silvícolas es lo menor, han perdido dignidad, familiares en enfrentamientos, han perdido demasiado, no pueden perder más horriblemente de lo que ya han perdido.
He aquí cuando los seres humanos dejamos de apelar a nuestros dioses y nuestras leyes, a todo el imaginario intelectual, y comenzamos a invocar a nuestra alma, a nuestros rastrojos físicos y elevar las quimeras más valiosas, alzar las utopías más dolorosas para el poder: hay que arriesgarlo todo, porque ya se ha perdido, ya se perdió todo mucho antes.
Los comuneros representan a otros seres humanos que, como ellos, desde niños han visto perder a sus padres, han sido educados en la derrota, desde sus antepasados que vienen perdiéndolo todo, salvo ese gajo de rebelión que conlleva el alma. Ante este panorama, el Estado Chileno (racional y organizado), les tiene en los huesos.
Hasta el momento, son más de cien los huelguistas y quienes hacen un ayuno solidario, son más de cien románticos que arriesgan, en el día a día, el pellejo por ideales imposibles. Son más de cien personas, entre sacerdotes, profesionales, estudiantes y otros mapuche, que luchan, que entregan su cabeza por un bien superior, que están en contra de una ley absurda y digna de montajes comunicacionales, llamada Ley Antiterrorista.
Sin embargo, son 34 los soñadores que actualmente sí se rinden a la usanza romántica, porque saben que no hay nada que perder. Son 34 los comuneros que se rinden de la manera más noble, como los antiguos románticos: la manera de no rendirse jamás.
Fotografía: Natalia Bustamante.
Aunque sea difícil creerlo, hubo un tiempo en el que existió algo llamado Romanticismo. No es mito, fue tiempo real, pero escaso. Un movimiento, una perspectiva, apenas una costilla rota de un descomunal mamut consignado como modernismo. El Romanticismo nació, copuló y se suicidó en el siglo XIX. Fue de vida breve, fue una bestia con las horas contadas, que deambuló entre sepulturas cerebrales, pisoteando cráneos, apeteciendo castillos en ruinas y lúgubres paisajes.
Hubo un tiempo en que los seres humanos fueron capaces de aceptar la muerte, como si se tratase de un amigo que nos visita cada veinte años. Hubo un tiempo real donde pudo el ser humano chorrear su espíritu sin mayor filtro ni dique; donde plegó sus entrañas al fresco viento de la locura y fue arrastrado a impensados puertos de libertad y creación carmínica, incontrolable, vampiresca.
El ser humano desgastó sus órganos, como si los sangrara, en el amor, en el sexo, en la letra, en cada reivindicación; cayó en cuenta de la materialidad y fugacidad de “todo esto” como diría Nicanor Parra.
El romántico reconoció el afán de fracaso que había en el simple hecho de respirar bajo un sistema que estira sus tentáculos hasta los rincones menos explorados de la realidad.
El romántico, reconoce que ha perdido sólo por el hecho de nacer.
Esta filosofía antipietista, lo transforma sin dudas en un animal melancólico. Sin embargo, también lo transforma en una fiera que ha perdido desde el umbral de la vida a sus cachorros y por ello el perder se transforma en un engranaje más de la existencia.
Si ya se ha perdido, siente el romántico, la muerte no es más que parte de ese paisaje lúgubre, ansiado. Se ha perdido, por eso mismo no se puede perder más, no se puede perder de forma peor, no hay nada que perder. Naciendo no se puede perder de manera más horrible.
Es menester entonces, arriesgar la cabeza, el pecho, las gónadas y el alma misma por sueños más elevados, por quimeras que funcionan como tábanos al sistema, se debe ir en busca de utopías, de independencias imposibles: la sangre debe ser vertida por mi propia mano o por la de otro que representa al Estado, al estereotipo, a la razón. Se debe luchar, porque ya se perdió.
Es el tiempo del Romanticismo fecundo para la configuración de seres apátridas, de voluntarios rufianes que revientan cada uno de los eslabones del cordón umbilical que los une al poder: el bandido, el pirata, el cura desertor, son sólo algunos miembros de la comunidad romántica, de aquellos seres que no tienen cabida (aunque tampoco lo intentan) en la realidad cerebroespinal de la cada sociedad. Goethe, Byron, Espronceda, Keats, Shelley, se batieron a fierro pelado en una Europa agotada, en un continente de eunucos materialistas.
En Latinoamérica los románticos le dieron duro a las independencias, más que a la letra. Por esas costras libertarias fueron, emancipando estrógenos, andrógenos y armas hechizas; América latina se hizo libre gracias al romántico.
Esto parece olvidado, ya que instaladas las naciones -ahora independientes-, se tornaba, casi de inmediato, a un equilibrio que no podía dar el Romanticismo. La razón ganaba por hocico al corazón.
No es de extrañar entonces, que el Romanticismo no tenga cabida en la realidad. Por el contrario, es necesaria una elipsis quijotesca en pos de la organización. Un Estado, un gobierno, un partido político, no pueden sobrevivir con románticos, pero sí lo puede hacer un club de barrio. Sí pueden sobrevivir en comunidades que no tengan mayor importancia para el poder, en agrupaciones de seres humanos compasivos y valientes, capaces de arriesgar más de lo prudente, capaces de posar sus cuellos en las guillotinas sistémicas, capaces de reventar los eslabones que lo atan a lo políticamente correcto, capaces de perder la cabeza.
Sí pueden sobrevivir en los comuneros mapuche románticos, aunque terroristas para el Estado Chileno.
Entonces, de la única forma “racional” que se puede entender una huelga que lleva casi dos meses, que ha desgastado 34 pechos, 34 hígados, 34 gargantas; de la única forma que se puede entender bien, es recordar que ellos ya han perdido demasiado. Decir tierras y recursos silvícolas es lo menor, han perdido dignidad, familiares en enfrentamientos, han perdido demasiado, no pueden perder más horriblemente de lo que ya han perdido.
He aquí cuando los seres humanos dejamos de apelar a nuestros dioses y nuestras leyes, a todo el imaginario intelectual, y comenzamos a invocar a nuestra alma, a nuestros rastrojos físicos y elevar las quimeras más valiosas, alzar las utopías más dolorosas para el poder: hay que arriesgarlo todo, porque ya se ha perdido, ya se perdió todo mucho antes.
Los comuneros representan a otros seres humanos que, como ellos, desde niños han visto perder a sus padres, han sido educados en la derrota, desde sus antepasados que vienen perdiéndolo todo, salvo ese gajo de rebelión que conlleva el alma. Ante este panorama, el Estado Chileno (racional y organizado), les tiene en los huesos.
Hasta el momento, son más de cien los huelguistas y quienes hacen un ayuno solidario, son más de cien románticos que arriesgan, en el día a día, el pellejo por ideales imposibles. Son más de cien personas, entre sacerdotes, profesionales, estudiantes y otros mapuche, que luchan, que entregan su cabeza por un bien superior, que están en contra de una ley absurda y digna de montajes comunicacionales, llamada Ley Antiterrorista.
Sin embargo, son 34 los soñadores que actualmente sí se rinden a la usanza romántica, porque saben que no hay nada que perder. Son 34 los comuneros que se rinden de la manera más noble, como los antiguos románticos: la manera de no rendirse jamás.
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martes, 7 de septiembre de 2010
Sin rock la vida es un errock
Por Nibaldo Acero.
En los primeros tiempos de la civilización, la música y la literatura eran una sola pulpa y esqueleto. En la Grecia antigua no había un término para referirse a uno u otro arte por separado, era toda manifestación estética, no concreta, una expresión lírica. De ahí el arte lírico. Letra y sonoridad, palabra y vacío, fueron conformando una cultura cuyos vaivenes y especificaciones, definitivamente las distanciaron. La música quedó al margen del imaginario literario y viceversa.
Entonces, música y poesía a veces se abrazaron, a veces bebieron juntas, más de alguna vez tuvieron sexo, pero dejaron definitivamente de ser una misma cosa, en teoría. Sin embargo, este distanciamiento apenas es en la conceptualización académica. Los juglares del medioevo deambulaban por bosques y perdidos pueblos a través de su música que rememoraba versos, a viva voz, basados en hechos históricos y pequeñas fábulas locales, manejaban lo que hoy conocemos como la técnica de improvisación llamada rapping. Los textos de Neruda se hicieron zampoña, los de Machado, austeros e implacables salmos de lucha.
A través del tiempo la literatura vivió procesos revolucionarios, tal como los vivió la música. La poesía se hizo vanguardista, se hizo esperpéntica y luego ácida y terrorífica, tal como le sucedió a su maldita gemela. Juntas de la mano, estas artes maduraron con el acero de la realidad, ambas se afanaron en búsquedas místicas, oníricas y luego se enfrentaron al poder, cara a cara, sufriendo las consecuencias. Es común que las dictaduras persigan, torturen y aniquilen a sus artistas, mas prefieren hacerlo con los escritores y los cantautores, porque sienten que atacan a los machos alfa de la manada.
Separadas o no, música y literatura, conformaron en paralelo un escuadrón de asalto a la cultura, adelantando o vislumbrando lo que cada sociedad deberá vivir. La armonía que las une, no tiene que ver con la paz o el equilibrio de la materia, la armonía de cada una de ellas se enmarca en la anarquía intensa y sostenida, en la demolición del poder por el poder, y contraponen a ello, una creación desenfrenada y violenta para nuestra tradición.
Ambas se hicieron peligrosas y valientes con los soberbios, aunque misericordiosas con lo pequeño. Han vivido momentos de gloria y de postergación, de censura y de explosión. Han concebido hijos oscuros y luminosos, han sido madres de los himnos del hambre y la desesperanza. Han sido aullido. Han sido rock.
Sin Rimbaud no se concibe Jim Morrison, hasta en los gargajos se pueden hallar similitudes nucleicas. Sin Baudelaire Iron Maiden pierde el satánico derrotero, sin Bolaño no se concibe el power metal. Eminem no se concibe sin Quevedo. Sex Pistols no se concibe sin Epicuro, sin Houellebecq. Y aunque la atemporalidad sea la que fecunda esta teoría, no se engendra, en su límpida concepción, Motorhead sin Dostoievski, Pantera sin William Borroughs, Los Molotov sin Juan Rulfo, Truman Capote sin Billy Halley, David Bowie sin Pablo De Rokha, Kurt Cobain sin Mishima, y viceversa, Jaegger sin Hemingway, Los Beat sin los Commodores, Metallica sin Walt Withman, Slayer sin Salinger, Janis Joplin sin Alejandra Pizarnik.
Nietzsche, en toda su fresca y descomunal sensatez saca del baúl de los recuerdos un verso magnífico: Sin música la vida sería un error. Él, un escritor y filósofo alemán, da cuenta de lo imprescindible de la polifonía que deriva de la nada, de la labranza y de la experimentación del canto, venga de la selva, como decía Silvio, venga desde el infierno como propone ACDC, venga de un espíritu masacrado o sublime. Venga o vaya de o adonde sea.
Nosotros no podemos estar sin literatura, no podemos respirar sin rock, no podemos, pero tampoco lo intentamos. No concebimos una existencia sin coraje, sin pensamiento y sangre. El rock no es la filosofía del zombi que mueve las caderas, es la del encarcelado por sus ideas, es la del letrado que lanza piedras. El rock se nos escapó de las manos y avanza desbocado para estrellarse, concientemente, con el genuino espíritu humano, ese que requiere de un amor feroz, sanguinario, para sentirse vivo.
La potencia del rock puede encontrarse en un par de versos, donde los acordes los palpe nuestra iracunda reacción y entendimiento. Igual suerte corren los escritos poéticos, que chorrean más partituras que rimas. Seguirán siendo siamesas estas artes, trincheras de orgía con la muerte, de caos necesario, de letras con sabor a rebelión, de resistencia armónica (anárquica) y dionisíaca. Como buenas artes, continuarán rescatando las bestias que tenemos en la memoria de nuestra alma, permanecerán socavando en busca de nuestras pasiones más atormentadas y a través de catarsis brutales, nos harán mujeres y hombres capaces de sobrevivir a los cruentos sistemas, pregonando demonios, agitando nuestras negras molleras.
La vida sin metal pesada se haría
Sin el negro la vida sería de un rosado de horror
La insurrección es nuestro punk de cada día
Sin rock, la vida es un errock.
En los primeros tiempos de la civilización, la música y la literatura eran una sola pulpa y esqueleto. En la Grecia antigua no había un término para referirse a uno u otro arte por separado, era toda manifestación estética, no concreta, una expresión lírica. De ahí el arte lírico. Letra y sonoridad, palabra y vacío, fueron conformando una cultura cuyos vaivenes y especificaciones, definitivamente las distanciaron. La música quedó al margen del imaginario literario y viceversa.
Entonces, música y poesía a veces se abrazaron, a veces bebieron juntas, más de alguna vez tuvieron sexo, pero dejaron definitivamente de ser una misma cosa, en teoría. Sin embargo, este distanciamiento apenas es en la conceptualización académica. Los juglares del medioevo deambulaban por bosques y perdidos pueblos a través de su música que rememoraba versos, a viva voz, basados en hechos históricos y pequeñas fábulas locales, manejaban lo que hoy conocemos como la técnica de improvisación llamada rapping. Los textos de Neruda se hicieron zampoña, los de Machado, austeros e implacables salmos de lucha.
A través del tiempo la literatura vivió procesos revolucionarios, tal como los vivió la música. La poesía se hizo vanguardista, se hizo esperpéntica y luego ácida y terrorífica, tal como le sucedió a su maldita gemela. Juntas de la mano, estas artes maduraron con el acero de la realidad, ambas se afanaron en búsquedas místicas, oníricas y luego se enfrentaron al poder, cara a cara, sufriendo las consecuencias. Es común que las dictaduras persigan, torturen y aniquilen a sus artistas, mas prefieren hacerlo con los escritores y los cantautores, porque sienten que atacan a los machos alfa de la manada.
Separadas o no, música y literatura, conformaron en paralelo un escuadrón de asalto a la cultura, adelantando o vislumbrando lo que cada sociedad deberá vivir. La armonía que las une, no tiene que ver con la paz o el equilibrio de la materia, la armonía de cada una de ellas se enmarca en la anarquía intensa y sostenida, en la demolición del poder por el poder, y contraponen a ello, una creación desenfrenada y violenta para nuestra tradición.
Ambas se hicieron peligrosas y valientes con los soberbios, aunque misericordiosas con lo pequeño. Han vivido momentos de gloria y de postergación, de censura y de explosión. Han concebido hijos oscuros y luminosos, han sido madres de los himnos del hambre y la desesperanza. Han sido aullido. Han sido rock.
Sin Rimbaud no se concibe Jim Morrison, hasta en los gargajos se pueden hallar similitudes nucleicas. Sin Baudelaire Iron Maiden pierde el satánico derrotero, sin Bolaño no se concibe el power metal. Eminem no se concibe sin Quevedo. Sex Pistols no se concibe sin Epicuro, sin Houellebecq. Y aunque la atemporalidad sea la que fecunda esta teoría, no se engendra, en su límpida concepción, Motorhead sin Dostoievski, Pantera sin William Borroughs, Los Molotov sin Juan Rulfo, Truman Capote sin Billy Halley, David Bowie sin Pablo De Rokha, Kurt Cobain sin Mishima, y viceversa, Jaegger sin Hemingway, Los Beat sin los Commodores, Metallica sin Walt Withman, Slayer sin Salinger, Janis Joplin sin Alejandra Pizarnik.
Nietzsche, en toda su fresca y descomunal sensatez saca del baúl de los recuerdos un verso magnífico: Sin música la vida sería un error. Él, un escritor y filósofo alemán, da cuenta de lo imprescindible de la polifonía que deriva de la nada, de la labranza y de la experimentación del canto, venga de la selva, como decía Silvio, venga desde el infierno como propone ACDC, venga de un espíritu masacrado o sublime. Venga o vaya de o adonde sea.
Nosotros no podemos estar sin literatura, no podemos respirar sin rock, no podemos, pero tampoco lo intentamos. No concebimos una existencia sin coraje, sin pensamiento y sangre. El rock no es la filosofía del zombi que mueve las caderas, es la del encarcelado por sus ideas, es la del letrado que lanza piedras. El rock se nos escapó de las manos y avanza desbocado para estrellarse, concientemente, con el genuino espíritu humano, ese que requiere de un amor feroz, sanguinario, para sentirse vivo.
La potencia del rock puede encontrarse en un par de versos, donde los acordes los palpe nuestra iracunda reacción y entendimiento. Igual suerte corren los escritos poéticos, que chorrean más partituras que rimas. Seguirán siendo siamesas estas artes, trincheras de orgía con la muerte, de caos necesario, de letras con sabor a rebelión, de resistencia armónica (anárquica) y dionisíaca. Como buenas artes, continuarán rescatando las bestias que tenemos en la memoria de nuestra alma, permanecerán socavando en busca de nuestras pasiones más atormentadas y a través de catarsis brutales, nos harán mujeres y hombres capaces de sobrevivir a los cruentos sistemas, pregonando demonios, agitando nuestras negras molleras.
La vida sin metal pesada se haría
Sin el negro la vida sería de un rosado de horror
La insurrección es nuestro punk de cada día
Sin rock, la vida es un errock.
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